PARTE 2:
El sol de la mañana no logró disipar la bruma del jardín. En cuanto escuché el motor de la camioneta de Alejandro alejarse por el camino de terracería, corrí al cobertizo de herramientas. Tomé una cuerda gruesa de soga, una linterna de mano y una barreta de hierro. Mis manos no temblaban; la adrenalina había anestesiado cualquier rastro de miedo físico. La sospecha de que mi hermano era el verdugo de mi hija había transformado mi dolor en una obsesión criminalística.
Llegué al pozo viejo. El brocal estaba cubierto por tablas de madera podrida aseguradas con clavos oxidados. Con la barreta, hice palanca. El sonido de la madera rompiéndose rompió el silencio del huerto como un grito de advertencia. Retiré las tablas. Un aire fétido, cargado de gas metano y azufre, subió desde las profundidades, obligándome a retroceder de golpe, mareada.
Amarré la soga a un poste de hierro cercano y la arrojé al interior. Encendí la linterna y la sostuve entre mis dientes. Comencé a bajar, apoyando los pies en las piedras húmedas y resbaladizas del muro cilíndrico. El pozo no era tan profundo —unos seis metros—, pero las paredes parecían cerrarse sobre mí a medida que descendía, atrapando la luz del día allá arriba, reduciéndola a un círculo lejano y esquivo.
Mis pies tocaron fondo. El suelo era un lodo denso y pegajoso que me llegaba hasta los tobillos. Apunté la linterna hacia abajo. Lo primero que vi fue el vestido rosa, flotando sobre un charco de agua estancada y negra. Al lado del vestido, semienterrada en el fango, había una caja de madera con el logo de la clínica de Alejandro.
Me arrodillé en el lodo, ignorando la repugnancia. Forcé el candado de la caja con la barreta. Al abrirla, la linterna iluminó una serie de frascos de vidrio sellados herméticamente. Dentro de ellos, conservados en formol, había muestras biológicas: tejidos, viales de sangre con etiquetas que llevaban nombres de niños del pueblo… y un frasco más grande, en el centro, que tenía una etiqueta escrita con la caligrafía perfecta de mi hermano: “Sofía. Muestra de tejido hepático. Proyecto de purificación”.
Las piezas del rompecabezas trágico encajaron en mi cerebro con la fuerza de un rayo. Alejandro no era un pervertido común; era un fanático médico, un psicópata clínico que utilizaba a los niños de la región para experimentos clandestinos, buscando quizás una cura para la enfermedad genética que había matado a nuestra madre años atrás. Y había usado a su propia sobrina, aprovechando mi vulnerabilidad y mi confianza, para culminar su obra. El horror de la traición familiar era absoluto: la casona no era mi refugio, era el matadero de mi esperanza.
—Sabía que no te tomarías las gotas, Camila.
La voz cayó desde el cielo del pozo, amplificada por el eco de las piedras. Levanté la vista, cegada por la silueta que tapaba la luz del sol. Alejandro estaba asomado al brocal, mirándome hacia abajo. No parecía enfadado; su tono era el de un maestro decepcionado de su alumna.
—¿Por qué, Alejandro? ¡Era tu sangre! ¡Tu sobrina! —grité desde el fondo del abismo, las lágrimas mezclándose con el lodo en mis mejillas.
—La ciencia exige desapego, hermana —dijo él, y escuché el sonido metálico de una cadena—. El linaje de nuestra madre estaba maldito por la enfermedad. Sofía ya mostraba los primeros síntomas. La salvé de una muerte lenta. Sus restos ayudaron a formular el suero que te mantiene sana a ti. Deberías agradecérmelo. Pero veo que la paranoia te ha consumido. No puedo dejar que salgas de ahí con esa actitud.
Escuché cómo arrastraba una pesada losa de piedra sobre el brocal. Me iba a enterrar viva. La oscuridad comenzó a devorar el círculo de luz a medida que la losa se deslizaba.
La desesperación me dio una agilidad sobrehumana. Agarré la cuerda y comencé a subir, trepando por las piedras con las uñas sangrando, la barreta colgada del cinturón. Alejandro estaba concentrado empujando la piedra, dándome la espalda. Justo antes de que la losa cerrara el pozo por completo, logré sacar los brazos y agarrarme del borde del brocal. Con un último esfuerzo de pura furia, impulsé mi cuerpo hacia afuera, cayendo sobre el pasto húmedo del patio.
Alejandro se giró, sorprendido de verme fuera. Su rostro pacífico cambió instantáneamente a una mueca de rabia animal. Se abalanzó sobre mí con las manos extendidas, buscando mi garganta para regresarme a la tumba de piedra.
No lo pensé. El instinto criminal despertado por el dolor guió mi mano. Levanté la barreta de hierro y la descargué con toda la fuerza de mi peso sobre el costado de su cabeza. El golpe sonó como una sandía rompiéndose. Alejandro se detuvo en seco, sus ojos se abrieron desmesuradamente llenos de una incomprensión absoluta, y cayó de rodillas antes de desplomarse de lado sobre la tierra, la sangre brotando de su oído e inundando el pasto.
Me quedé de pie, jadeando, contemplando el cuerpo inerte del “santo del pueblo”. Lo había matado. Había hecho justicia por Sofía. Caminé hacia la casona para buscar el teléfono y llamar a las autoridades federales, dispuesta a mostrarles la caja del pozo, los frascos con formol, la prueba irrefutable de los crímenes de mi hermano.
Entré al consultorio de Alejandro para buscar los expedientes médicos que confirmaran los nombres de los otros niños. Destrocé las cerraduras de sus archivadores. Encontré la carpeta con el nombre de Sofía. Mi corazón latía con fuerza mientras abría las páginas.
Pero lo que leí dentro me congeló el alma en un giro final que destruyó toda mi realidad.
El expediente médico no hablaba de experimentos. Contenía los resultados de la autopsia real de Sofía, realizada por el forense del estado tres meses atrás. Sofía sí había muerto ahogada en el lago; su cuerpo había sido recuperado dos días después de la desaparición y enterrado en una fosa común porque yo, en mi brote psicótico inicial, me había negado a reconocer el cadáver, gritando que esa no era mi hija.
Los frascos con formol en el pozo no eran experimentos criminales; eran muestras patológicas viejas de la clínica que Alejandro había ocultado allí porque el ayuntamiento le había revocado la licencia sanitaria por manejo inadecuado de residuos biológicos semanas atrás. El vestido rosa que arrojó al pozo era una terapia que el psiquiatra le había recomendado: deshacerse de las pertenencias de la niña gradualmente para que yo no sufriera recaídas al verlas. La etiqueta en el frasco con el nombre de Sofía… no contenía tejido; contenía las cenizas del juguete favorito de la niña, que Alejandro había quemado para evitar que yo siguiera obsesionada con él.
Mi hermano no era un monstruo. Era un hombre desesperado que intentaba ocultar sus faltas administrativas y, al mismo tiempo, proteger a su hermana esquizofrénica de la dolorosa realidad de la muerte accidental de su hija.
Mi mente, buscando una narrativa de terror para no aceptar que la muerte de Sofía fue una absurda y simple negligencia mía al dejar la puerta abierta esa noche, había transformado los secretos cotidianos de Alejandro en un complot psicópata. Mi intuición no era un radar; era la manifestación más pura y violenta de mi propia culpa y locura.
Salí al patio, arrastrando los pies. El cuerpo de Alejandro seguía allí, enfriándose bajo la niebla de Pátzcuaro. Había matado al único ser humano que me amaba y me protegía, basándome en los delirios de una anciana curandera y en los fantasmas de mi propia cabeza.
Fue entonces cuando, desde el fondo del pozo abierto, se escuchó un eco. Un sonido húmedo, como de algo pesado arrastrándose por el lodo de las profundidades. Y luego, una voz infantil, clara, que subía por las paredes de piedra, llamándome en medio de la niebla:
—Mamá… qué frío hace aquí abajo. ¿Por qué le pegaste al tío? Él solo quería que dejáramos de llorar.
Miré la barreta ensangrentada en mi mano. Miré el pozo oscuro. El laberinto se había cerrado. No había criminales a los que culpar, solo quedaba la ciénaga de mi propia mente, donde los monstruos los creaba yo misma para no tener que mirar al espejo.
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