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PARTE 2 — ESTEBAN INTENTÓ CONVENCERME DE QUE HABÍA ENTENDIDO MAL, HASTA QUE UNA EMPLEADA ME ENTREGÓ EL DOCUMENTO QUE DEMOSTRABA QUE EL FRAUDE HABÍA COMENZADO MESES ANTES

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No bajé la mirada.

—Acabo de llegar por el cuaderno de mi mamá.

Esteban me observó durante varios segundos.

—Entonces no escuchaste nada.

No era una pregunta.

—¿Qué tendría que haber escuchado?

Su expresión se relajó apenas. Se acercó para besarme, pero giré el rostro.

—Estás nerviosa —murmuró—. Mañana seremos una familia y ya no tendrás que cargar sola con todo.

Me dejó salir, aunque permaneció en la entrada hasta que mi auto abandonó la hacienda.

Apenas llegué a la carretera, una camioneta de proveedores encendió las luces detrás de mí. La conductora me hizo señas para detenerme frente a una tienda abierta.

Era Marisol, la encargada administrativa del evento.

Me entregó un sobre grueso.

—Me ordenaron imprimir esto y destruir las copias sobrantes —dijo, temblando—. Su nombre aparece como obligada solidaria. Yo no podía quedarme callada.

Dentro había estados financieros alterados, correos del banco y una solicitud de crédito por dieciséis millones de pesos.

También encontré una copia de mi credencial y una firma idéntica a la mía.

Falsa.

Llamé a Verónica, mi abogada, y le envié fotografías de todo. Antes del amanecer confirmó lo peor: alguien había presentado una solicitud de anotación preventiva sobre Casa Laurel por una supuesta deuda privada.

Todavía no podían quitarme el hotel, pero sí bloquear una venta, un crédito o cualquier movimiento mientras se resolvía el reclamo.

Esteban llevaba meses preparándolo.

Decidí no cancelar la boda de inmediato.

Verónica necesitaba que el banco conservara los correos originales y que Marisol declarara formalmente. Yo debía impedir que los Landa huyeran, destruyeran archivos o inventaran otra versión.

A las nueve de la mañana, Esteban llegó a mi habitación con una sonrisa impecable.

—La notaría adelantó la firma de los proveedores —dijo—. Será antes de la ceremonia.

—Qué considerado.

Su sonrisa desapareció.

—No hagas ninguna tontería, Lucía. Tu hotel depende de que hoy cooperes.

En ese momento sonó mi celular.

Era un mensaje de Marisol:

“Entraron a mi departamento. Se llevaron mi computadora. Creo que ya saben que hablé contigo.”

Después recibí una fotografía enviada desde un número desconocido.

Marisol estaba sentada en la oficina de la hacienda, con Irene detrás de ella.

El mensaje decía:

“Firma, o tu única testigo declarará que tú planeaste el fraude.”

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