Parte 2:
La paranoia se convirtió en el único estado de conciencia de Mateo. Ya no dormía más de dos horas por noche. El shhh-clack bajo el suelo se había vuelto más nítido, más cercano, como si la barrera de piedra entre el mundo de arriba y el de abajo se estuviera volviendo porosa.
Comenzó a medir la casa. Utilizando una cinta métrica de costura que le robó a su madre, Mateo pasaba las noches midiendo las dimensiones de su habitación, del pasillo y de la sala. Al principio, los resultados eran consistentes, pero a mediados de junio, descubrió una discrepancia física imposible.
El pasillo del segundo piso medía doce metros de largo desde el exterior. Sin embargo, al medir el interior, sumando las dimensiones de su habitación, la de Santiago y el grosor estimado de los muros, faltaban dos metros. Dos metros de espacio que no aparecían en ninguna parte. Un vacío emparedado entre el cuarto de su hermano y la pared del jardín interior.
—Estás perdiendo peso, Mateo —le dijo Doña Elena una mañana mientras le servía una taza de té de azahar—. Tienes ojeras profundas. Estás escuchando las cosas que no debes otra vez.
—¿Qué hay detrás de la pared del jardín, mamá? —preguntó Mateo, dejando caer la cuchara sobre la mesa con un golpe seco.
Doña Elena no parpadeó. Su rostro era una máscara de porcelana agrietada por los años, pero sus ojos permanecían inmutables.
—Detrás de esa pared está el límite de nuestra propiedad, Mateo. Tierra y piedra. Lo que siempre ha estado ahí para sostenernos. Bebe tu té. Te calmará la cabeza.
Mateo no bebió el té. Esperó a que su madre se retirara a su siesta de la tarde. Sabía que el tiempo se le agotaba. Las cartas habían dejado de llegar a la puerta principal; ahora, aparecían directamente dentro de su habitación, sobre su mesa de noche, mientras él dormía esos breves y convulsos lapsos de dos horas. La última carta consistía en una sola frase, escrita con una caligrafía que apenas parecía humana, deformada por el temblor de la mano:
“El aire está demasiado espeso, Mateo. Ya no puedo estirar las piernas. Mamá trajo el veneno.”
¿El veneno? Mateo recordó las palabras de Doña Elena sobre los tlacuaches.
Desesperado, el joven bajó al jardín interior. El calor de la tarde era sofocante, pero el jardín permanecía frío y húmedo. Se acercó a la pared del fondo, la que colindaba con la habitación de Santiago y el espacio desaparecido. Los helechos crecían allí con una exuberancia anormal, sus hojas verdes y brillantes parecían palpitar con una vida propia.
Mateo comenzó a arrancar las plantas con sus propias manos, ignorando la tierra que se le metía bajo las uñas. Detrás de los helechos, el muro de cantera estaba cubierto de musgo. Al raspar el musgo con una piedra afilada, descubrió que una sección de los bloques de piedra no estaba unida con el mortero colonial original, sino con una mezcla de cemento gris mucho más reciente, mal aplicada y cubierta apresuradamente con tierra para envejecerla.
Golpeó la piedra con el puño. El sonido no fue el impacto sólido que se espera de un muro de carga. Fue un golpe hueco, sordo, un eco que viajó hacia abajo.
Había un espacio allí dentro. Una cavidad vertical.
—Te dije que no excavaras en el pasado, Mateo.
La voz de Doña Elena resonó en el patio como un latigazo. Estaba de pie bajo la arcada, sosteniendo en su mano derecha el viejo frasco de vidrio ámbar que contenía el veneno para plagas que Don Ramiro usaba. El frasco estaba vacío.
—¿Qué hiciste, mamá? —susurró Mateo, retrocediendo hasta que su espalda tocó la piedra hueca—. ¿Dónde está Santiago? ¿Qué le hiciste a mi papá?
Doña Elena caminó hacia él con pasos lentos y rítmicos. El tintineo de sus llaves era el único sonido en el universo. No había locura en sus ojos, y eso era lo más terrorífico; había una convicción absoluta, una devoción devoradora por el orden de la familia.
—Tu padre quería vender la casa, Mateo. Quería dividir la propiedad, destruirla, meter el ruido del mundo exterior en nuestro santuario. Quería romper la simetría. Y Santiago… Santiago era igual a él. Siempre queriendo salir, siempre mirando por la ventana, siempre amenazando con dejarme sola en el silencio. Una madre no puede permitir que sus hijos se pierdan en el caos del mundo. Una buena madre mantiene a sus hijos donde pertenecen. En casa. Sabiendo exactamente dónde están cada hora del día.
—Las cartas… —balbuceó Mateo, sintiendo que las piernas le fallaban—. Él me está escribiendo… desde la Ciudad de México…
Doña Elena dejó escapar una risa suave, un sonido seco que recordaba al roce de hojas muertas.
—¿De verdad crees que las cartas venían de fuera, hijo mío? Tu hermano nunca tuvo buena ortografía hasta que pasó suficiente tiempo en la oscuridad para reflexionar. Yo escribí cada una de esas cartas, Mateo. Para darte esperanza. Para mantenerte aquí, buscando, atrapado en el circuito de esta casa. Si hubieras creído que estaba muerto, te habrías ido a buscar su cuerpo afuera. Pero sabiendo que estaba “vivo”, te quedaste. Te encarcelaste tú solo por amor a él. La mente humana es tan predecible.
El mundo de Mateo se derrumbó. El thriller psicológico en el que había estado viviendo no era una investigación sobre una persona desaparecida; era el proceso de su propia captura.
Intentó correr hacia la salida, pero Doña Elena, con una fuerza insólita para su edad, lo empujó hacia los helechos. Mateo, debilitado por semanas de insomnio y desnutrición, cayó al suelo, golpeándose la cabeza contra la base de piedra del muro.
La vista se le nubló. Mientras perdía la conciencia, escuchó el sonido de piedras pesadas siendo movidas. No era su madre quien las movía sola; Don Ramiro apareció desde la sombra del pasillo, con el rostro inexpresivo, sosteniendo una pala y un balde de mezcla fresca. El viejo jardinero no era un cómplice ignorante; era el ejecutor del orden de Doña Elena.
—El espacio es perfecto, Señora Elena —escuchó decir a Don Ramiro en la penumbra de su mente—. El joven Mateo cabrá exactamente al lado del ingeniero Carlos. La simetría volverá a la casa.
Cuando Mateo despertó, la oscuridad era absoluta. No una oscuridad de noche, sino una oscuridad material, densa, que se sentía en la piel como una capa de aceite.
Trató de levantarse, pero su cabeza golpeó inmediatamente un techo de piedra áspera a pocos centímetros de su rostro. Trató de estirar los brazos hacia los lados, pero sus manos encontraron muros de mampostería fría a la izquierda y a la derecha. Estaba en una caja vertical de piedra, un ataúd arquitectónico incrustado en el corazón mismo de la casa de la calle Mezquite.
El pánico lo invadió, un terror primario que le cerró la garganta. Comenzó a gritar, a golpear las piedras con los puños hasta que sus nudillos se rompieron y la sangre comenzó a empapar los muros. Sus gritos no produjeron eco. El espacio era tan reducido que la piedra absorbía el sonido al instante, devolviéndole solo el eco sordo de su propia respiración agitada.
Entonces, el sonido comenzó de nuevo.
A pocos centímetros de su pie derecho, al otro lado de la delgada pared interna que lo separaba del resto del vacío emparedado, escuchó el shhh-clack.
Pero ahora que estaba allí dentro, el sonido cambió de naturaleza. Ya no parecía el arrastrar de un objeto. Era el sonido de unos dedos, desprovistos de uñas, rascando la piedra con una lentitud paciente. Un rasguño rítmico que parecía deletrear palabras en un código que Mateo, en su locura incipiente, comenzó a comprender.
—¿Santiago? —susurró Mateo, pegando los labios a la piedra húmeda.
Nadie respondió con palabras. Solo el rasguño continuó, acompañado por un suspiro asmático, el sonido de unos pulmones dañados por el polvo de cal y la falta de oxígeno que aún se negaban a dejar de funcionar después de años de encierro. Santiago no estaba muerto cuando lo emparedaron. Y quizás, en alguna forma distorsionada de la biología que la ciencia no podía explicar, la falta de espacio y la humedad del jardín interior habían preservado lo que quedaba de él.
Arriba, muy lejos, se escuchó el tintineo familiar de las llaves de Doña Elena, seguido por el sonido rítmico y pacífico de sus pasos sobre el piso de madera de la sala. Eran las ocho de la mañana. Era hora de abrir las ventanas para que entrara el aire fresco de San Miguel de Allende.
Mateo cerró los ojos en la negrura eterna de su celda. Sabía que nadie vendría a buscarlo. Para el mundo exterior, él simplemente habría seguido los pasos de su hermano, huyendo hacia la gran ciudad en busca de una vida mejor. Las cartas seguirían llegando a la puerta de la calle Mezquite, escritas con la mano firme de Doña Elena, asegurando a los pocos amigos que quedaban que los hermanos Beltrán estaban bien, viviendo juntos en algún rincón lejano de México.
En el silencio de la piedra, Mateo estiró la mano hacia abajo, buscando el origen del rasguño. Sus dedos tocaron una grieta en el muro inferior. Al otro lado de la grieta, una mano fría, delgada y cubierta de tierra vegetal, le devolvió el saludo, apretando sus dedos con una ternura monstruosa.
La simetría de la casa estaba completa. El orden había sido restaurado. Y el silencio de la familia Beltrán continuaría, inmutable, generación tras generación, oculto detrás de los muros de cantera que nunca dejarían salir sus secretos.
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