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—Sí, gritar —respondí, abrazándolo. Su cuerpecito estaba rígido como un trozo de madera—. Mañana todo esto va a terminar, te lo prometo.

PARTE 2:

No pegué el ojo en lo que restaba de la noche. Pasé las horas empacando mis cosas en silencio y trazando la ruta de escape. Mi plan era salir a las seis de la mañana, justo cuando Alejandro solía bajar al sótano para su sesión de meditación clínica de treinta minutos, un espacio de tiempo donde él mismo se desconectaba del sistema de monitoreo. Despertaría a Camila, tomaría a Iker y correríamos hacia la estación de autobuses de Oaxaca para tomar el primer transporte hacia Puebla.

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A las 5:45 AM, el silencio de la casa fue interrumpido por un pitido agudo de tres tonos. El sistema de la casa anunciaba el inicio del ciclo diurno. Me colgué la mochila al hombro y salí al pasillo.

Al llegar a la habitación de Camila, me sorprendió encontrar la puerta abierta de par en par. La cama estaba deshecha, pero ella no estaba allí. Una alarma silenciosa comenzó a sonar en mi mente. Caminé hacia la habitación de Iker; su cama también estaba vacía. Las sábanas blancas estaban perfectamente dobladas sobre el colchón, sin una sola arruga, como si el niño nunca hubiera existido.

El pánico me atenazó la garganta. El aire acondicionado pareció enfriarse diez grados de golpe.

—¿Camila? ¿Iker? —llamé en un susurro que sonó ridículo en la inmensidad del pasillo.

Nadie respondió. Solo el zumbido de los extractores de aire.

Decidí bajar a la planta baja. Al llegar a la sala, noté que la puerta que conducía al sótano —un área que Alejandro mantenía estrictamente sellada con una cerradura digital— estaba entornada. Una luz blanca, intensa y fría, se filtraba desde los escalones de concreto.

Bajé despacio, con el corazón golpeando mis dientes. Cada paso hacia el sótano se sentía como adentrarse en las entrañas de una bestia de metal y cal. Al llegar al final de la escalera, el espacio se abrió en una habitación subterránea que parecía más el centro de control de una prisión de máxima seguridad que el sótano de una casa colonial.

Las paredes estaban recubiertas de paneles aislantes de sonido. En el centro de la habitación, una mesa de control circular albergaba decenas de monitores que mostraban cada rincón de la propiedad, incluyendo vistas tridimensionales de las habitaciones a través de sensores térmicos. Podía ver mi propia silueta reflejada en tiempo real en una de las pantallas menores.

Pero lo que me paralizó por completo fue la escena que se desarrollaba en el centro del lugar.

Camila estaba sentada en una silla metálica con los brazos sujetos por correas de cuero. Tenía unos electrodos pegados a las sienes, conectados a un dispositivo que emitía un parpadeo azul constante. Tenía los ojos abiertos, perdidos en el techo, con una sonrisa plácida y espantosa dibujada en los labios.

A su lado, Alejandro ajustaba los diales de la máquina con la calma de un artesano. Y junto a él, de pie sobre un banquito para alcanzar la altura de la mesa de control, estaba Iker. El niño llevaba puesto un visor que proyectaba gráficos verdes sobre sus ojos y sostenía una tableta digital en sus pequeñas manos.

—Monitoreo de pulso estable en la paciente, papá —dijo Iker. Su voz no tenía el más mínimo rastro de miedo. Era la voz de un técnico examinando un motor—. El nivel de resistencia cognitiva de mamá ha bajado al 4%. Ya no presenta impulsos de fuga.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. El horror me dejó sin aire.

—¿Iker…? —logré articular, dando un paso hacia atrás, buscando la escalera.

Alejandro no se sobresaltó. Dejó el dial y se giró hacia mí con una sonrisa de absoluta satisfacción.

—Buenos días, Sofía. Lamento que hayas tenido que bajar antes de tu horario de desayuno, pero como puedes ver, estábamos terminando una sesión de ajuste necesaria. Camila tuvo un pequeño brote de… inestabilidad nocturna. Intentó empacar una maleta. Afortunadamente, el sistema de alertas tempranas nunca falla.

—Estás enfermo… ¡Estás demente! —grité, perdiendo el control, las lágrimas corriendo por mis mejillas—. ¡Has convertido a tu familia en prisioneros! ¡Estás destruyendo a tu propio hijo!

—¿Destruyendo? —Alejandro soltó una carcajada limpia, genuina, que resultó más terrorífica que cualquier amenaza—. Al contrario, Sofía. Lo estoy elevando. El ser humano común es caótico, esclavo de emociones inútiles como el miedo, la culpa o el afecto irracional. Yo he diseñado un entorno donde esas imperfecciones se eliminan mediante la vigilancia y la neuro-modulación.

Miré a Iker, esperando encontrar un rastro de la súplica que creí ver la noche anterior.

—¡Iker, corre! ¡Ven conmigo! —le rogué, extendiendo los brazos hacia él.

El niño se quitó el visor despacio. Me miró con una frialdad que me congeló las entrañas. No había odio en su rostro, solo una lógica matemática y devastadora.

—No, tía Sofía —dijo el niño, consultando la tableta digital—. Tu frecuencia cardíaca es de 142 pulsaciones por minuto. Tu nivel de cortisol está contaminando el ambiente de esta habitación. Anoche intentaste introducir una variable de caos en mi sistema al hablarme de “gritar”. Le reporté tu conducta a papá a las 2:15 AM, tal como estipula el protocolo de seguridad familiar.

El mundo se detuvo. El giro del cuchillo no vino del monstruo; vino de la víctima que yo había intentado salvar. El condicionamiento de Alejandro no había creado un esclavo temeroso; había creado un cómplice perfecto. Iker ya no era un niño lisiado por el abuso psicológico; era el programador más leal del panóptico. Había entregado su propia libertad y la de su madre a cambio de la aprobación del diseño de su padre.

—Iker ha sido un excelente supervisor esta noche —dijo Alejandro, poniendo una mano sobre la cabeza del niño—. Él mismo detectó que tu maleta estaba lista y sugirió que bloqueáramos las salidas de la planta alta.

Un golpe seco resonó arriba. El sonido metálico de las persianas de acero automatizadas bajando sobre todas las ventanas y puertas de la casa. Quedamos sepultados bajo tierra, sin luz natural, sin salida.

Alejandro caminó hacia un armario empotrado en la pared y sacó un nuevo juego de electrodos y una jeringa con un líquido translúcido. Me miró con una compasión gélida.

—La antropología es una ciencia tan desordenada, Sofía. Estudia el pasado del caos humano. Aquí, en cambio, diseñamos el futuro de la armonía. No te preocupes; el proceso de adaptación es doloroso solo los primeros tres días. Después, la mente agradece el silencio. ¿Verdad, Iker?

El niño volvió a colocarse el visor sobre los ojos, sus pequeños dedos tecleando con perfecta simetría sobre la pantalla digital.

—Iniciando registro de la nueva paciente —anunció la voz del niño, resonando en las paredes aisladas del sótano—. Tiempo estimado de estabilización: setenta y dos horas. Bienvenido al diseño, tía Sofía. Papá dice que la obediencia es la única paz verdadera.

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