Posted in

Mi esposo casi murió por su amante y aun así quiso que yo le limpiara el cuerpo y pagara todo

Parte 3

"
"

La respuesta de Santiago llegó antes de que yo saliera del aeropuerto.

“Estás exagerando.”

Después escribió:

“Renata y yo no tenemos la relación que imaginas.”

Por último, como si fuera una orden médica, agregó:

“Regresa a México. Hablaremos cuando yo esté mejor.”

Guardé el celular y respiré profundamente. Durante años, cualquier mensaje suyo había bastado para hacerme cambiar planes, cancelar reuniones o correr a resolverle la vida. Esa mañana caminé hacia la salida sin responder.

París estaba nublado. El aire frío me golpeó la cara cuando subí al automóvil que la empresa había enviado por mí. No sentí emoción al ver la ciudad. Sentía cansancio, coraje y una tristeza que me pesaba hasta en los hombros.

Al llegar al pequeño departamento que habían rentado para mí, llamé a Arturo.

—Necesito saber todo —le dije—. No me protejas de nada.

El abogado compartió su pantalla. Había organizado los movimientos de nuestras cuentas por fechas, cantidades y beneficiarios.

Las primeras transferencias a Renata habían comenzado dieciocho meses atrás. Al principio eran cantidades pequeñas: $8,000 pesos, $12,000 pesos, pagos de restaurantes y boletos de avión. Después aparecieron depósitos de $60,000 y $100,000 pesos.

Santiago también había firmado como responsable del contrato del departamento de Roma Norte. La renta mensual era de $38,000 pesos y salía de una cuenta donde ambos depositábamos nuestros ingresos.

—No fue solo la bolsa —explicó Arturo—. Hay ropa, muebles, un viaje a Cancún y pagos de una tarjeta adicional.

Me quedé mirando las cifras.

Durante ese mismo periodo, Santiago me había dicho que debíamos reducir gastos. Me pidió posponer la remodelación de mi estudio, cancelar unas vacaciones con mi hermana y aportar más dinero para cubrir el crédito de nuestra casa.

Yo había aceptado sin discutir.

—¿Qué pasa con el hospital? —pregunté.

Arturo abrió otra carpeta.

Santiago había conseguido que Renata fuera contratada como coordinadora de relaciones médicas, aunque no tenía la preparación necesaria. Varias comidas, viajes y regalos aparecían presentados como reuniones con posibles donadores.

—El hospital ya recibió una solicitud formal para conservar los registros —dijo Arturo—. No estamos acusando a nadie todavía. Solo evitamos que desaparezcan documentos.

—¿Puede perder su trabajo?

—Dependerá de lo que encuentre la auditoría. Como mínimo, podría perder la jefatura del departamento. Si se confirma que usó recursos institucionales para gastos personales, tendrá que devolverlos y enfrentar un procedimiento interno.

Sentí un nudo en la garganta. No me alegraba la posibilidad de que Santiago destruyera su carrera. Había trabajado años para convertirse en cirujano y yo había estado a su lado durante guardias, exámenes, congresos y noches sin dormir.

Pero no había sido yo quien puso en riesgo todo aquello.

Mi celular volvió a sonar. Esta vez acepté la llamada.

—¿Dónde estás? —preguntó Santiago.

Su voz sonaba débil, aunque la impaciencia seguía ahí.

—En París.

—Ya lo sé. Quiero decir en qué hotel estás. Voy a mandar a Mauricio por ti cuando regrese a México.

Cerré los ojos.

—No soy una maleta que puedas mandar recoger.

—Estoy hospitalizado, Camila. Apenas puedo moverme.

—Lo sé.

—Entonces, ¿cómo puedes hacerme esto?

Me acerqué a la ventana. Abajo, la gente caminaba con prisa bajo los paraguas.

—¿Hacerte qué? ¿Negarme a limpiar las heridas que recibiste por defender a tu amante?

—Renata no es mi amante.

—¿También le rentas departamentos y le compras bolsas de $260,000 pesos a todas tus empleadas?

Hubo silencio.

—Revisaste mis cuentas —dijo finalmente.

—Nuestras cuentas.

—Ese dinero lo gané yo.

—Y yo pagué la mitad de la casa, los servicios, tus congresos cuando todavía eras residente y los gastos de tu mamá durante años. No vuelvas a hablar como si mi trabajo y mi dinero no existieran.

Santiago respiró con dificultad.

—No es momento para discutir.

—Tienes razón. Debiste pensarlo antes de pedirme que te limpiara mientras mirabas a Renata.

Reproduje el audio desde mi computadora. Su propia voz llenó la llamada: “Renata es muy delicada. No puede limpiarme ni encargarse de esas cosas.”

Santiago no dijo nada durante varios segundos.

—Estabas grabándome mientras yo podía morir.

—Tú estabas asignándome obligaciones mientras podías morir. Ni siquiera en ese momento pensaste en pedirme perdón.

La llamada terminó de golpe.

Un minuto después, Renata me escribió.

“Deja de hacerte la víctima.”

Luego llegó otro mensaje.

“Santiago estaba por separarse de ti. Él me dijo que solo esperaba el momento correcto.”

Sentí que el aire desaparecía de la habitación. No porque todavía creyera en nuestro matrimonio, sino porque leer aquellas palabras volvió real algo que durante meses había intentado negar.

Le pedí que no borrara nada.

Renata respondió con una captura de pantalla de una conversación con Santiago. En ella, él le prometía que después de un viaje médico hablaría conmigo y que pronto podrían dejar de esconderse.

Guardé la imagen y se la envié a Arturo.

Renata siguió escribiendo.

“Ese departamento es mío.”

“Los regalos también.”

“No puedes quitármelos solo porque estás celosa.”

Le contesté con calma:

“No quiero quitarte nada que hayas comprado con tu dinero. Lo que se pagó con bienes del matrimonio tendrá que devolverse.”

Dejó de responder.

Durante los días siguientes me concentré en el proyecto. La empresa restauraba un edificio antiguo para convertirlo en un hotel pequeño. Mi trabajo consistía en coordinar los interiores sin destruir la historia del lugar.

La primera mañana me sorprendí pidiendo permiso antes de cambiar una distribución. Mi jefe me miró confundido.

—Camila, te contratamos para que tomes decisiones.

Esa frase me acompañó el resto del día.

Yo había pasado tanto tiempo adaptándome a Santiago que había olvidado cómo se sentía confiar en mi propio criterio. En casa, él decidía dónde pasar Navidad, cuánto podíamos gastar y cuáles de mis proyectos eran convenientes.

Si yo protestaba, decía que estaba cansado. Si insistía, me acusaba de no comprender la presión de salvar vidas.

Cada discusión terminaba conmigo pidiendo perdón.

Una noche, Mauricio me llamó desde México.

—No quiero meterme entre ustedes —dijo—, pero Santiago está muy alterado.

—Entonces dile que siga las indicaciones de sus médicos.

—Renata dejó de venir.

No respondí.

—Estuvo dos días —continuó—. Después dijo que el hospital le causaba ansiedad. Santiago contrató a un enfermero, pero está furioso porque la cuenta es muy alta.

—Puede pagarla con el dinero que pensaba transferir.

Mauricio suspiró.

—La neta, Camila, nunca pensé que las cosas fueran tan graves.

—Porque nunca quisiste mirar.

Colgué sin discutir. Ya no necesitaba convencer a los amigos de Santiago. Tampoco esperaba que alguien reconociera mi dolor para considerarlo válido.

Al día siguiente firmé la solicitud de divorcio ante el consulado. También otorgué a Arturo el poder necesario para iniciar el procedimiento de protección de bienes.

Mi mano tembló al escribir mi nombre.

No porque dudara, sino porque estaba cerrando seis años de mi vida.

Después de firmar, lloré en silencio. Lloré por la mujer que había esperado una explicación cada vez que Santiago llegaba de madrugada. Lloré por todas las cenas frías, las promesas pospuestas y las ocasiones en las que me hizo sentir culpable por pedir lo mínimo.

No lloré para volver.

Lloré para despedirme.

Dos semanas después, Arturo me informó que el hospital había abierto una auditoría. Santiago había intentado comunicarse con el director para detenerla, pero seguía internado y ya no tenía acceso a los sistemas administrativos.

Renata también había sido citada para explicar varios gastos.

—Está diciendo que tú haces todo esto por venganza —comentó Arturo.

—Que diga lo que quiera. Nosotros presentaremos documentos.

—Hay otra cosa. Santiago está solicitando que levanten la protección de las cuentas. Tendrás que presentarte en México para la audiencia.

Observé los planos extendidos sobre mi mesa.

Podía participar a distancia, pero ya no quería seguir hablando de mi vida a través de una pantalla. Tampoco quería que Santiago confundiera mi ausencia con miedo.

Pedí tres días libres y compré un boleto de regreso.

No le avisé a nadie excepto a Arturo.

Cuando llegué a Ciudad de México, fui primero al juzgado y después al hospital. En mi bolsa llevaba una copia de la demanda, los estados de cuenta y el acuerdo temporal que impedía vender la casa o retirar cantidades importantes sin autorización de ambos.

Subí hasta la habitación de Santiago.

Renata estaba sentada junto a la ventana. Él permanecía recostado, pálido y visiblemente más delgado.

Al verme, su rostro se iluminó.

—Sabía que regresarías.

Saqué el sobre de mi bolsa y lo coloqué sobre la sábana.

—Regresé, sí. Pero no para cuidarte.

Gracias por leer hasta aquí 🙏 La siguiente parte ya está en la sección de comentarios de la página. Haz clic en “Ver todos los comentarios” para leer la Parte 4 👇📖

Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.