Corrí hacia la entrada, pero la cortina ya estaba cerrada.
—Ábrela —ordené.
Lorena se apoyó contra la mesa de corte.
—No vas a arruinarlo cuando ya está todo firmado.
—Mamá no sabía lo que firmaba.
—Eso tendrás que demostrarlo.
Escuché pasos en la vivienda del fondo. El esposo de Lorena, Fabián, apareció con las llaves del taller en la mano.
Entonces entendí quién había bajado la cortina.
Guardé el contrato bajo mi blusa y marqué a emergencias. Fabián levantó su celular.
—No hay señal aquí adentro. Instalé un bloqueador para las cámaras inalámbricas.
No sabía si mentía, pero mi llamada no salió.
Mamá despertó desorientada.
—¿Por qué están peleando?
Me arrodillé frente a ella.
—¿Recuerdas haber vendido tu casa?
Sus ojos se llenaron de miedo.
—Lorena dijo que eran papeles para renovar mi pensión.
Mi hermana se acercó.
—No le hagas caso. Ya no distingue un lunes de un domingo.
Pero mamá señaló el atole.
—Eso me duerme. Siempre me duerme.
Fabián intentó quitarme el contrato. Jalamos el papel hasta romper una esquina. En el forcejeo cayó su cartera y se desparramaron varias tarjetas.
Una llevaba el logotipo de Desarrollos Peninsulares del Sur.
Debajo de su nombre decía: socio administrador.
El comprador era él.
Lorena había vendido la casa de mamá a la empresa de su propio marido.
Tomé fotografías de la tarjeta y del contrato con mi teléfono. Fabián me lo arrebató y lo estrelló contra el piso.
—Sin teléfono, sin testigos y con una anciana diagnosticada, tu versión no vale nada.
Lorena sacó una carpeta con informes médicos. Todos afirmaban que mamá sufría deterioro cognitivo avanzado.
Pero una fecha llamó mi atención: uno de los reportes estaba firmado en un día en que mamá había estado conmigo en Campeche, en el bautizo de mi nieta.
—Esta consulta nunca ocurrió.
Mi hermana sonrió.
—El doctor tiene deudas. La gente con deudas firma muchas cosas.
Desde la calle comenzaron a golpear la cortina.
—¡Inspección municipal! ¡Abran inmediatamente!
Lorena se sobresaltó.
Yo también.
Fabián corrió hacia la puerta trasera, pero antes de llegar escuchamos la voz de un hombre desde el patio:
—Señora Marisol, soy el notario que certificó la operación. Necesito hablar con usted antes de que la policía revise mis archivos.
Después añadió algo que me dejó helada:
—Su madre no fue la primera adulta mayor a la que hicieron firmar dormida.
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