Parte II
No abrí.
No porque creyera en fantasmas, sino porque la última frase del diario seguía ardiendo en mi memoria.
“La puerta no debe abrirse cuando escuche mi propia voz.”
La voz volvió a sonar, esta vez más suave, más cercana, con esa mezcla de paciencia y tristeza que solo mi madre tenía cuando yo era niño.
—Gabriel… sé que estás ahí.
Sentí un impulso irracional de correr hacia la entrada. Una parte de mí quería abrazarla, hacerle preguntas, comprobar que todo era una mentira gigantesca. Pero otra parte recordaba que ella llevaba quince años enterrada.
Los golpes cesaron.
En el espejo, la mujer también había desaparecido.
Solo quedaba mi reflejo, pálido y sudoroso.
Tomé el diario y seguí leyendo las pocas páginas que quedaban. Entre las hojas encontré un papel doblado muchas veces. Al desplegarlo apareció una secuencia aparentemente absurda de letras:
S A L A – N O R T E – T E R C E R – L A D R I L L O
Fui hasta la sala.
Conté los ladrillos del muro norte.
Al retirar el tercero descubrí un compartimento diminuto oculto dentro de la pared.
Había una llave antigua y una fotografía.
La imagen mostraba a mi madre junto a mi tío Ernesto y a mi padre. Los tres sonreían frente a una construcción que nunca había visto.
En el reverso alguien escribió:
“El sótano nunca fue sellado.”
Pero nuestra casa jamás tuvo sótano.
O eso era lo que yo había creído.
Al amanecer fui a buscar a Doña Teresa.
Me recibió sin sorpresa, como si hubiera esperado mi visita durante años.
Cuando le mostré la fotografía, cerró las cortinas antes de hablar.
—Tu abuelo construyó un refugio bajo la casa durante los años de violencia. Muy pocos conocían la entrada.
—¿Por qué nadie me lo dijo?
Ella bajó la mirada.
—Porque allí desapareció alguien.
No quiso añadir nada más.
Regresé inmediatamente.
La llave no parecía corresponder a ninguna cerradura visible.
Después de revisar durante horas encontré una pequeña ranura detrás del viejo armario del comedor.
Empujé el mueble con todas mis fuerzas.
Debajo apareció una puerta de hierro cubierta por varias capas de pintura.
La llave encajó perfectamente.
Cuando la giré, un aire helado salió desde abajo.
Descendí con una linterna.
La escalera parecía interminable.
Cada peldaño estaba marcado con números escritos en carbón.
Al llegar al final encontré una habitación subterránea mucho más grande de lo esperado.
Había estanterías vacías.
Muebles cubiertos por sábanas.
Y decenas de relojes detenidos exactamente a las 3:17.
En el centro descansaba una mesa.
Sobre ella había un sobre dirigido a mí.
“Gabriel, si llegaste hasta aquí significa que Ernesto perdió el control.”
Era otra carta de mi madre.
Explicaba que meses antes de su supuesta muerte había descubierto movimientos extraños de dinero relacionados con una herencia familiar desaparecida.
Mi tío Ernesto había falsificado documentos.
Mi padre lo sabía.
Ambos necesitaban que ella guardara silencio.
Sin embargo, la carta terminaba abruptamente.
Las últimas líneas estaban cubiertas por manchas oscuras.
Mientras intentaba descifrarlas escuché pasos sobre mi cabeza.
Alguien caminaba por la planta superior.
Subí rápidamente.
La puerta secreta estaba abierta.
Y sobre la mesa del comedor encontré dos tazas de café aún calientes.
Yo no había preparado ninguna.
Una silla seguía balanceándose.
Entonces sonó el teléfono fijo.
Un aparato desconectado desde hacía más de diez años.
Contesté.
Solo escuché respiración.
Después una frase:
—No confíes en quien llora demasiado.
La llamada terminó.
Horas más tarde apareció mi padre.
Había envejecido mucho más de lo que imaginaba.
No preguntó cómo había encontrado el sótano.
Solo dijo:
—Debiste quedarte lejos.
Le mostré la carta.
Su rostro perdió el color.
Finalmente confesó que mi madre había descubierto una verdad distinta.
La herencia era solo una parte.
Existía otra cosa escondida bajo la casa.
Algo que la familia protegía desde generaciones atrás.
Algo que nadie debía sacar.
Antes de continuar, un ruido metálico interrumpió la conversación.
Venía del sótano.
Corrimos juntos.
La puerta estaba abierta.
La mesa había desaparecido.
También las cartas.
En su lugar había una enorme caja de madera.
No recordaba haberla visto antes.
Sobre la tapa alguien había escrito con pintura fresca:
“Ábranme.”
Mi padre comenzó a llorar.
Intentó impedir que me acercara.
Pero ya era tarde.
La tapa estaba apenas entreabierta.
Dentro no había dinero ni documentos.
Solo un espejo antiguo cubierto de tierra.
Comprendí de inmediato la advertencia del diario.
No debía mirar detrás de él.
Sin embargo, al moverlo unos centímetros vi que había una inscripción grabada en la pared.
“El verdadero entierro nunca ocurrió.”
Mi padre cayó de rodillas.
Entre sollozos confesó que el ataúd de mi madre estaba vacío.
Habían organizado el funeral para protegerla.
Alguien quería matarla.
La escondieron.
Pero desapareció antes de escapar del país.
Nunca volvió a verla.
Sentí que todo el peso de quince años se derrumbaba sobre mí.
Entonces escuchamos una voz.
No provenía del espejo.
Venía desde el fondo del túnel.
Una voz femenina.
Cantaba la misma canción que mi madre entonaba cuando cocinaba.
Mi padre comenzó a retroceder.
—Eso no puede ser…
La linterna parpadeó.
Por un instante distinguí una silueta blanca caminando lentamente entre la oscuridad.
Cuando volvió la luz ya no había nadie.
Solo encontramos unas huellas húmedas avanzando hacia nosotros.
No eran de barro.
Parecían marcadas por agua mezclada con sal.
Seguimos el rastro hasta la cocina.
Las huellas terminaban frente al refrigerador.
Al abrirlo descubrimos pegada con un imán una fotografía reciente.
En ella aparecíamos mi padre y yo, observando el espejo apenas unos minutos antes.
La imagen había sido tomada desde dentro de la habitación.
Detrás de nosotros, perfectamente enfocada, estaba mi madre.
Sonreía.
Pero sus ojos miraban directamente al fotógrafo.
En la parte inferior había una fecha.
El día siguiente.
Antes de que pudiera comprenderlo, todas las luces de la casa se apagaron.
Escuché cómo alguien subía lentamente las escaleras.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro pasos.
Luego silencio.
Después una puerta abrió en el segundo piso.
Mi padre susurró que no había ninguna habitación allí.
Subimos juntos.
El pasillo terminaba en una pared vacía.
Sin embargo, la puerta estaba abierta.
Una puerta que ninguno de los dos recordaba haber visto jamás.
Del otro lado solo existía oscuridad.
Y una voz conocida pronunció mi nombre con absoluta calma.
—Gabriel… esta vez llegaste justo a tiempo.
Nunca descubrí quién estaba realmente detrás de esa puerta.
Porque cuando intenté cruzarla, alguien me sujetó del brazo.
No sentí una mano.
Sentí las uñas.
Largas.
Frías.
Y exactamente iguales a las de la mujer que seguía sonriendo desde el otro lado del espejo.
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