Posted in

Regresé al interior, sintiendo que las paredes se encogían a mi alrededor. El aire pesaba. Cada rincón oscuro parecía albergar un ojo de cristal que me observaba, juzgando mis pensamientos, midiendo mis pasos. La paranoia, esa semilla que Sergio plantaba con tanta destreza en los demás, comenzó a germinar también en mí.

PARTE 2:

El aire dentro de la casa se volvió irrespirable durante la semana siguiente. Intenté hablar con Elena a solas, pero era imposible. Si nos sentábamos en la sala, Sergio aparecía a los pocos minutos con una bandeja de té o una sugerencia de actividad. Si trataba de susurrarle algo en la cocina, el eco de los azulejos parecía amplificar mis palabras, y la paranoia de saber que los micrófonos podían estar ocultos en cualquier moldura del techo me obligaba a callar.

"
"

Elena estaba cada vez más ausente. Sus ojos, antes vivaces, tenían el brillo apagado de las ventanas de una casa abandonada. Caminaba arrastrando los pies, siempre disculpándose por cosas inexistentes. “Perdón por hacer tanto ruido al respirar”, le oí decirle a Sergio una noche. Él solo sonrió, le acarició el cabello con una ternura espeluznante y le dijo: “No te preocupes, mi amor, yo te ayudo a corregir eso”.

El abuso no dejaba marcas moradas en la piel. Era un borrado sistemático de la identidad. Mateo ya no hablaba a menos que se le preguntara directamente. Se había convertido en un autómata perfecto. Su caligrafía ya no tenía errores; sus juguetes nunca se movían de su sitio; su risa había desaparecido por completo, reemplazada por un silencio sepulcral que me carcomía los nervios.

Decidí que tenía que actuar. Aprovechando que Sergio asistiría a una gala anual de arquitectos en la Ciudad de México y pasaría la noche fuera, planeé sacar a Elena y a Mateo de esa fortaleza. Ya había hablado con una amiga que nos recibiría en su casa en Guadalajara. Solo necesitaba esperar a que la noche cayera y que el monstruo estuviera lo suficientemente lejos.

A las once de la noche, la casa estaba sumida en la oscuridad. El silencio era tan denso que podía escuchar el tictac del maldito reloj del comedor desde mi habitación en la planta alta. Me calcé unos zapatos suaves y salí al pasillo. Mi plan era simple: despertar a Elena, ir por Mateo, y salir por la puerta trasera antes de que Sergio pudiera notar nuestra ausencia a través de las aplicaciones de su teléfono, si es que las revisaba desde la distancia.

Caminé de puntitas hacia la habitación de Mateo. Al abrir la puerta, que siempre debía permanecer entornada exactamente tres dedos por orden de Sergio, una oleada de frío me golpeó. La cama del niño estaba vacía. Las sábanas estaban perfectamente estiradas, sin una sola arruga, como si nadie se hubiera acostado en ellas.

Un sudor frío me percló la frente. ¿Dónde estaba Mateo?

Revisé el baño del pasillo. Vacío. Bajé las escaleras con el corazón desbocado, golpeando contra mis costillas como un animal enjaulado. Cada escalón de madera crujía bajo mi peso, sonando en mis oídos como disparos de artillería. Al llegar a la planta baja, vi una tenue línea de luz que se filtraba por debajo de la puerta del estudio de Sergio. Un espacio que siempre estaba bajo llave.

Me acerqué con pasos felinos. La puerta no estaba completamente cerrada; el pestillo no había encajado. Empujé el cuero con la punta de los dedos, conteniendo el aliento.

Lo que vi dentro me heló la sangre en las venas.

El estudio de Sergio estaba a oscuras, a excepción de una enorme pared cubierta por doce pantallas de alta definición que brillaban con una luz azulada y fantasmal. Cada pantalla mostraba un ángulo diferente de la casa en tiempo real, con una nitidez aterradora. Había cámaras en la sala, en la cocina, en el pasillo, en mi propia habitación (apuntando directamente a mi cama), en el baño de visitas… y en la habitación de Mateo. Las cámaras tenían sensores térmicos y de movimiento; líneas verdes y numéricas parpadeaban sobre las imágenes, midiendo perímetros y frecuencias cardíacas.

Pero lo más espantoso no eran las pantallas. Era Mateo.

El niño estaba sentado en el suelo, justo en el centro del estudio, frente al altar de monitores. Llevaba puestos unos auriculares enormes que le cubrían toda la cabeza. Tenía los ojos fijos en la pantalla que mostraba su propia habitación vacía. En su mano derecha sostenía un pequeño dispositivo con un botón rojo.

A su lado, sentado en su sillón de piel, estaba Sergio. No se había ido a la Ciudad de México. Todo había sido una trampa, una prueba más de su retorcido laboratorio de comportamiento. Sergio le pasaba la mano por el hombro a su hijo, con un gesto de orgullo paternal que me revolvió el estómago.

Me quedé paralizada en el umbral, incapaz de mover un solo músculo, atrapada en la peor de mis pesadillas.

—Muy bien, Mateo —la voz de Sergio resonó en el silencio del estudio, suave, melosa, letal—. Mira la pantalla número cuatro. Tu tía Valeria acaba de salir de su habitación. Ha violado el perímetro de descanso sin autorización. ¿Qué significa eso?

Mateo no lloró. Su voz, transmitida a través del micrófono que llevaba integrado en el pecho, sonó con una frialdad deshumanizada que me rompió el corazón.

—Significa que la tía Valeria es un elemento defectuoso en el diseño de la casa, papá. Hay que corregirla.

—Exacto, mi campeón —sonrió Sergio, y su mirada se desvió lentamente de las pantallas hacia la rendija de la puerta. Directamente hacia mí—. El desorden es una enfermedad. Y nosotros somos los arquitectos de la pureza. ¿Sabes qué hacer ahora, verdad?

Mateo levantó el rostro. Su mirada se cruzó con la mía a través de la abertura de la puerta. No había reconocimiento en sus ojos; no había afecto, ni súplica, ni rastro del sobrino que yo conocía. Había sido completamente vaciado. Su mente ya no le pertenecía; era una extensión del sistema de seguridad de su padre. El condicionamiento se había completado con éxito. El niño ya no era la víctima; se había convertido en el vigilante definitivo.

Antes de que pudiera reaccionar, Mateo apretó el botón rojo del dispositivo que tenía en la mano.

Un pitido ensordecedor resonó por toda la casa, seguido del chasquido metálico de los cerrojos de seguridad de alta tecnología que se activaron simultáneamente en todas las puertas y ventanas exteriores. Quedamos completamente sellados dentro del panóptico. Las luces de la casa se encendieron de golpe, un resplandor blanco, clínico y cegador que eliminó cualquier sombra.

Sergio se levantó del sillón despacio, ajustándose las mangas de su camisa con una calma exasperante. Me miró con una sonrisa llena de lástima condescendiente.

—Te lo advertí indirectamente, Valeria. En esta casa no nos gustan las imperfecciones. Elena ya aprendió a ser perfecta. Mateo ya es perfecto. Y tú… bueno, tú vas a necesitar un diseño de comportamiento muy estricto para encajar en nuestra hermosa familia.

Quise gritar, quise correr hacia la cocina por un cuchillo, quise despertar a Elena, pero al mirar hacia la pantalla que mostraba la habitación principal, vi a mi hermana sentada en la orilla de la cama. Tenía los ojos abiertos, mirando fijamente a la cámara de su techo, asintiendo levemente al ritmo del pitido de seguridad, completamente quebrada, completamente domesticada.

Mateo se levantó del suelo, caminó hacia su padre y le tomó la mano. Luego, ambos avanzaron hacia la puerta donde yo me encontraba, bloqueada por el terror. El niño me miró fijamente y, con una simetría perfecta y aterradora en su rostro, pronunció las últimas palabras que escucharé antes de perder mi libertad para siempre:

—Bienvenida al diseño, tía Valeria. Papá dice que aquí nunca más tendrás que preocuparte por elegir. De ahora en adelante, nosotros elegimos por ti.

Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.