El hedor a ciénaga y a madera descompuesta inundó el comedor por completo, borrando cualquier otro olor. El cuerpo de madera de Gabriel se levantó del asiento; las astillas y fibras oscuras de sus articulaciones crujían violentamente mientras daba un paso hacia mí, con sus manos transformándose en garras afiladas de corteza de árbol.
—Únete a la danza, hermano… —La boca del cadáver no se movía, pero el sonido de la frase emergió directamente de la máscara que mi padre sostenía en sus manos.
—¡Tú lo entregaste al lago! ¡Tú tallaste su destino! —grité con rabia, retrocediendo hacia la puerta del sótano, sintiendo las lágrimas de impotencia quemar mis ojos.
Mi padre soltó una carcajada que sonó como el crujido de un árbol viejo rompiéndose en medio de una tormenta:
—Este linaje exige un precio, Julián. El roble negro del fondo del lago nos dio el don del tallado perfecto a cambio de la carne de nuestros primogénitos. Tu abuelo lo hizo, yo lo hice con Gabriel, y ahora te toca a ti perfeccionar el pacto.
Comprendí el horror de nuestra riqueza en ese instante. Las máscaras de los Olmedo no eran simples artesanías; eran recipientes malditos que atrapaban las almas de los sacrificados para mantener viva la madera sagrada de la hacienda. Mi padre no era más que un capataz ciego de una fuerza antigua y devoradora.
El cuaderno de bocetos de Gabriel en mi chaqueta comenzó a vibrar, emitiendo un calor intenso. Recordé una pequeña nota marginal que había visto rápidamente antes de que el pánico me cegara: “El núcleo de la maldición está en la primera máscara de roble negro en el sótano. Quémala con el aceite de linaza sagrado.”
Miré hacia la entrada del sótano. No tenía otra opción. El cascarón de madera de Gabriel y mi padre avanzaban coordinados, bloqueando la salida principal hacia el patio. Las raíces negras comenzaban a brotar de las esquinas de las paredes, sellando las ventanas.
Con un movimiento desesperado, me arrojé hacia las escaleras del sótano, bajando los peldaños a oscuras. El aire abajo era helado y olía a fosa común. Busqué a ciegas en los estantes hasta que mis manos tocaron un galón de aceite de linaza y, justo en el centro del taller subterráneo, una enorme máscara tallada en una madera tan oscura que parecía absorber la poca luz que se filtraba. Tenía facciones humanas agonizantes.
—¡No podrás romper la madera, Julián! —bramó la voz de mi padre desde lo alto de las escaleras, mientras los pasos pesados y mecánicos de Gabriel comenzaban a descender.
Las garras de madera de Gabriel me alcanzaron en la oscuridad, enterrándose en mi hombro derecho. Un dolor agudo me recorrió el cuerpo mientras sentía que el frío de la madera intentaba paralizar mi sangre. Usando mi mano libre con las últimas fuerzas que me quedaban, destapé el galón de aceite, lo vertí sobre la máscara central de roble negro y encendí un fósforo, arrojándolo sobre la madera aceitosa.
¡Flashed!
Una llamarada de fuego azul y esmeralda estalló al instante. El calor fue sofocante. En cuanto la máscara principal comenzó a consumirse, un alarido colectivo y sobrenatural retumbó en todo el sótano. Los troncos de madera almacenados empezaron a sangrar un líquido negro que se evaporaba con el fuego.
Gabriel soltó mi hombro y cayó de rodillas, retorciéndose mientras las llamas azules lo envolvían desde el interior de su armazón de madera. La corteza de su cuerpo se agrietó y se hizo cenizas. Por un segundo, antes de que el fuego lo borrara, el rostro de Gabriel recuperó su expresión humana y me miró con una sonrisa de absoluta paz y gratitud.
La hacienda entera, construida con la misma madera maldita, comenzó a arder con una rapidez aterradora. Sosteniendo mi hombro ensangrentado, subí las escaleras esquivando los escombros caídos y logré salir al patio delantero justo cuando el techo de la casa colonial se venía abajo, sepultando a mi padre y al secreto de los Olmedo en una pira de fuego purificador.
Dos años después.
Ahora resido en un pequeño pueblo pesquero en la costa de Nayarit, lejos de los lagos y de los bosques de Michoacán. Trabajo como carpintero de botes bajo el nombre de Tomás, buscando la paz en el sonido constante del mar. La herida de mi hombro sanó, pero la cicatriz tiene la textura áspera de la corteza de un árbol y se vuelve fría como el hielo cada vez que la humedad del aire aumenta.
Pensé que había dejado atrás la maldición, que el fuego había destruido el pacto de sangre de mi familia.
Esta tarde, caminaba por el mercado local de artesanías para comprar algunas herramientas. El día estaba nublado y el viento del océano soplaba con fuerza. Me detuve frente a un puesto ambulante lleno de recuerdos y figuras talladas.
El artesano del puesto, un hombre mayor de espaldas encorvadas, me ofreció una pieza. Al acercarme, percibí un olor sutil pero inconfundible: el hedor a cieno, a algas podridas y a agua estancada.
Alcé la vista alarmado. El artesano me miraba fijamente, pero su rostro no se movía; era una máscara de carne rígida, con una sonrisa forzada que se abría de oreja a oreja y unos ojos fijos que no parpadeaban. En sus manos sostenía una réplica exacta de la máscara de roble negro que yo mismo había quemado en el sótano.
Desde mi mochila, el cuaderno de bocetos de Gabriel —que había permanecido intacto y guardado en el fondo— comenzó a vibrar con fuerza, y una voz carrasposa y combinada de mi padre y mi hermano susurró desde su interior:
—La madera siempre recuerda su forma, Julián. Es hora de regresar al taller con tu familia.
Detrás de mí, el sonido de las olas del mar golpeando el muelle cambió de ritmo, volviéndose pesado, simétrico y produciendo un crujido mecánico que resonaba en mi hombro herido.
Ras… ras… ras… ras…
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